Revista sobre educación y liderazgo educativo DYLE Nº9

DYLE Nº9

Columna

Aprender en tiempos covid

Cristo M. Hernández Gómez

Jefe de estudios del IES Andrés Bello. Profesor asociado de Didáctica de las Ciencias Sociales. Departamento de Didácticas específicas. Universidad de La Laguna

Escribo desde la Comunidad Autónoma de Canarias, un año después de que la crisis sanitaria nos obligara a cerrar las escuelas, a encerrarnos en las casas y a continuar promoviendo el aprendizaje en condiciones insospechadas hasta entonces. De un día para otro, el profesorado tuvo que reformular sus estrategias de enseñanza y los equipos directivos lo hicieron también con la organización virtual de los centros y la coordinación de los equipos de trabajo. Nos vimos abocados a una inevitable reflexión sobre la práctica docente y, en general, sobre las dinámicas escolares.

Ciertamente, las transformaciones de la escuela, requeridas por la situación de confinamiento, fueron hechas en un tiempo imposible de soñar si las condiciones hubieran sido otras, pero a la vez que la pandemia demostró el compromiso y la capacidad de adaptabilidad de los centros escolares, también puso de manifiesto, como nunca, las debilidades y los vacíos del sistema educativo. Oímos hablar de brecha digital y, sin embargo, el problema superaba las condiciones familiares de conectividad. Las desigualdades y la vulnerabilidad social se mostraron con toda su crudeza, reflejando que los esfuerzos por una escuela inclusiva están muy lejos de ser eficaces y reales.

En el curso 2020-21 hemos vuelto a las aulas: colegios e institutos se han adaptado para un aprendizaje en condiciones de seguridad sanitaria. El rediseño de tiempos y espacios ha sido realizado en un período récord y con pocos recursos, a pesar de lo cual se debe haber hecho bien, porque las incidencias han tenido escasa repercusión y las aulas o centros cerrados han sido casi insignificantes. Transcurrida ya la mitad del curso escolar nada se parece a la escuela que abandonamos en marzo de 2020.

¿Saldrá el sistema educativo reforzado de esta experiencia distópica? ¿Seremos capaces de construir una escuela mejor, más justa y con capacidad de atender a las necesidades de la población escolar en su conjunto? Hemos comprobado el peso de la dimensión emocional en el clima de las aulas. La realidad se ha impuesto para demostrarnos el impacto de esta parcela del ser humano en el aprendizaje. ¿Alguien lo duda todavía?