Revista sobre educación y liderazgo educativo DYLE Nº8

DYLE Nº8

Editorial

Editorial

Emilio J. Veiga Río

Presidente de la Federación Estatal del Fórum Europeo de Administradores/as de la Educación

Un Informe de UNICEF publicado en septiembre del 2020 ¿Cómo se contempla la vuelta a la escuela durante la Pandemia del COVID-19? ya decía “…dada la difícil situación que impera en todo el mundo y las diferencias existentes, los países se encuentran en fases distintas con respecto a la decisión de cómo y cuándo se deben reabrir las escuelas”.

Al inicio del curso escolar en nuestro país todos los medios de comunicación se planteaban cuestiones como estas: ¿Serán los centros espacios seguros? ¿Los profesores van a retomar su trabajo preocupados y desmotivados? ¿Podrán los padres dejar a los niños en la puerta y marcharse sin mirar atrás? ¿Están listos los niños para reencontrarse con sólo parte de sus compañeros y para estar en clase con mascarilla?

El curso comenzó en septiembre, prácticamente con pautas temporales análogas a las de otros cursos, pero con una realidad del día a día bastante diferente. Distanciamiento, grupos burbuja, mucho gel hidroalcóholico, aumento en la rutina del lavado de manos, y mascarillas…y sobre todo mucho temor a contagiar o ser contagiado.

Lo que si se tuvo claro en ese momento fue que si algo había demostrado el confinamiento -con el consiguiente cierre de los colegios en marzo del 2020- fue que la asistencia al colegio era necesaria. El consenso entre las comunidades educativas en este aspecto fue bastante general. Además de por razones sociales y pedagógicas, porque en esos meses quedaron en evidencia las carencias del propio sistema educativo respecto a la enseñanza online. Y lo que fue más importante, el cierre de los centros escolares esos meses sólo había redundado en acentuar las diferencias sociales. “Si algo hemos aprendido de la pandemia es que, además de que la escuela es insustituible, los resultados de la presencialidad también lo son”, confirmaba la ministra de Educación, Isabel Celaá, a comienzos de agosto.

Desde muchas asociaciones de Padres y Madres territoriales, por ejemplo, desde la FAPA Giner de los Ríos de Madrid mostraron su total acuerdo con esta idea; “es imprescindible la presencialidad porque es la única manera de garantizar la igualdad de oportunidades”, exponía su presidenta, Mari Carmen Morillas. Ahora bien, aclara, “siempre y cuando se garantice la seguridad higiénico-sanitaria de nuestros hijos”.

Con todo se ha visto y verificado que el centro educativo es un nivelador social. Se ha comprobado que, de otra manera, quedan excluidos los niños que no tienen medios en casa. No solo nos referimos al efecto de la brecha digital, que se está tratando de arreglar y es una inversión que se va a hacer con el compromiso de administraciones y de la sociedad en general. Hay un componente que es insalvable: si la familia no tiene el nivel cultural para ayudar a ese niño, el alumno, inevitablemente, no avanzará igual que el resto del grupo clase. El concepto a barajar sería por lo tanto más amplio deberíamos hablar de “brecha social”

En esa línea, la pandemia también ha servido para visibilizar la labor docente más allá de compartir conocimientos y los problemas de una conciliación laboral sustentada básicamente en el colegio, las actividades extraescolares y los abuelos. «La escuela no puede ser un lugar donde tener a los niños aparcados mientras sus padres trabajan. Si estamos ante una nueva realidad habrá que hacer un esfuerzo social que pase también por la flexibilización de los horarios, y otras medidas complementarias”, manifestaba Miriam Leirós, del colectivo ecologista docente Teachers for Future.

Aunque el Ministerio ha sido el encargado de coordinar las actuaciones, las competencias en materia de educación están transferidas a las Comunidades Autónomas, por lo que fueron y están siendo quienes tienen la última palabra sobre cómo ha sido y tiene que seguir siendo la escuela de la postpandemia COVID-19.

Y ya no es solo poner el foco en las familias, en el alumnado, en el profesorado, sino que más bien se trata de mirar a través de una óptica más global “el centro y su comunidad educativa” que implica a esos centros y el sistema ecológico que lo sustenta. Una escuela de todos y para todos, segura, de calidad y en la que el acompañamiento emocional y social serán puntas de lanza para la mejora de esa institución de vital importancia. Y entre todas las personas implicadas ir haciendo un nuevo camino, más real, más inclusivo, más saludable y sobre todo más compartido.

“No hay que temer nada en la vida, solo hay que entenderlo. Ahora es el momento de entender más, para que podamos temer menos”. (Marie Curie)