Revista sobre educación y liderazgo educativo DYLE Nº3
Investigacion

Mindfulness en el contexto escolar. Por qué y cómo

José Antonio Valverde Morán

Profesor de Educación Física del IES Francisco Aguiar de Betanzos (A Coruña)

Resumen: El objetivo del Mindfulness en el contexto educativo es que los participantes adquieran un estado de consciencia y calma que les ayude a autorregular su comportamiento y a conocerse mejor, además de crear un ambiente propicio para el aprendizaje. La enseñanza con Mindfulness fomenta la comunidad pedagógica, en la que los alumnos florecen en lo académico, lo emocional y lo social; y en la que los profesores aprovechan al máximo el clima que se crea dentro de este entorno educativo. Es una manera consciente e intencionada de sintonizar con lo que está pasando dentro de nosotros y nuestro alrededor, y permite desenmascarar automatismos y promover el desarrollo integral.

Palabras clave: fortalezas, autorregulación, emocional, desarrollo integral, mejora.

 

Introducción

En el contexto de crisis sistémica que vivimos, la escuela se debate entre una formación para lo que se derrumba o una formación para el mundo que emerge. En medio de esas contradicciones teóricas y prácticas, aparece el mindfulness como una propuesta capaz de ayudarnos a vivir las turbulencias de los tiempos que vivimos, pero para que funcione hacen falta compromiso, práctica y rigor ¿Estamos en el camino de una comprensión profunda de lo que mindfulness puede aportar a la escuela?

Estado de la cuestión

La escuela está en crisis. Aunque en los últimos años la palabra “crisis” se haya reservado casi en exclusiva para el sistema económico, por el impacto en la degradación de las condiciones de vida que “su crisis” tuvo en la mayoría de personas de todo el mundo, la escuela sigue en crisis, con toda la fuerza de la palabra. Más allá de leyes, la escuela funciona como espejo de la sociedad y cuando esta entra en crisis, aquella la refleja con total sinceridad.

“Crisis significa la quiebra de una concepción del mundo” (Leonardo Boff), en concreto de una idea del mundo girando en torno al concepto de progreso infinito: los recursos nunca se agotarán y todos los países y todas las personas tendrán su oportunidad para alcanzar las más altas cotas de bienestar y progreso. A cambio lo que vemos es una crisis ecológica que amenaza las relaciones entre civilización y Tierra, una crisis energética que amenaza con un colapso sistémico, un aumento creciente de las desigualdades, más violencia y más miedo y una civilización que se cierra sobre sí misma, defendiéndose a costa de lo que sea.

Y una escuela que educa para perpetuar un modelo de mundo en crisis, o para parchear el sistema, está llamada a fracasar, porque la crisis está en el fondo y no en la forma.

El mundo se está re-pensando. De forma a veces intuitiva y otras, muy consciente, las personas buscamos salidas, nuevas formas de ser y de relacionarnos.

Este proceso no es nada nuevo para la humanidad (recordemos, por ejemplo, el Renacimiento), como tampoco es nada nuevo que desde el poder se invierta más en mantener lo que se derrumba que en favorecer nuevas construcciones sociales y culturales, o que dicho poder no sea capaz de coordinar la transición entre lo que se derrumba y lo que emerge.

La finalidad del sistema educativo es promover la humanización y la socialización de los educandos. Ambas son inseparables. Si no profundizamos en lo que somos, en lo que nos hace humanos, cualquier proceso de socialización será alienante.

La escuela se sabe en crisis y busca caminos, en medio de un entramado legal asfixiante y de unas demandas sociales cada vez más contradictorias (formar con rigor científico, educar sin contradecir a las familias, atender a la diversidad, buscar la excelencia…). Y en esa ardua búsqueda de caminos, desde hace unos años, ha aparecido el mindfulness.

Una posible respuesta

El mindfulness llega a la escuela a través de dos caminos, diferentes pero complementarios. Por un lado, la escuela la forman personas que como tales, viven en un mundo en crisis. Con distintos grados de consciencia, las personas buscamos fórmulas que nos ayuden a gestionar esa crisis y esa búsqueda, a uno de los puertos que lleva, es al de mindfulness. Profesorado, alumnado, madres y padres llegan a la práctica del mindfulness en busca de una paz interior que su modo de vida les está arrebatando. A medida que profundizan en la práctica y empiezan a incorporarla a sus vidas y a su trabajo, toman conciencia de sus beneficios y de las posibilidades que ofrece para mejorar el clima escolar y la vida del alumnado, lo que les lleva a buscar caminos para su introducción en las escuelas.

El otro camino es el oficial: los estudios que se están publicando sobre los beneficios del mindfulness en el sistema escolar, los rumores de que en el Reino Unido va a ser asignatura obligatoria en algunos cursos, la sensación de que puede apaciguar al alumnado, lleva a las instituciones a buscar estrategias para la introducción del mindfulness en las escuelas y a ciertos sectores del profesorado, a solicitar formación. Quien esto escribe ha participado, como alumno y como profesor, en seis acciones formativas organizadas por el Centro de Formación del Profesorado (CFR) de A Coruña, o directamente por grupos de docentes, en los últimos cursos, y me consta de más acciones formativas del mismo tipo, tanto en Galicia como en el resto de comunidades del Estado.

¿Por qué el mindfulness?

Para ponderar el valor del mindfulness en la escuela, antes debemos entender qué es, para qué sirve y cómo funciona.

El mindfulness, cuya traducción al castellano más aceptada es la expresión “atención plena”, es un conjunto de prácticas, de inspiración budista, destinadas al conocimiento y gestión de nuestra mente y de nuestra vida.

Para el budismo, todas las técnicas de meditación y atención plena son parte de un camino destinado a eliminar el sufrimiento, para alcanzar el Nirvana (la fusión con el Todo). La causa del sufrimiento, duhkha, es la inconsciencia, que lleva a los seres humanos a vivir al margen del Dharma, las leyes de la Naturaleza, en el sentido más amplio de esta expresión (no solo los ecosistemas: incluye una idea de Totalidad que abarca las leyes fundamentales de la Vida). El deseo, la prevalencia del ego, la consecuencia de no aceptar la impermanencia de las cosas, generan estados de inseguridad, frustración o dolor. Es lo que llaman la inconsciencia. Y ese sufrimiento nos impide alcanzar la plenitud, realizarnos como seres humanos. Para superar ese estado desarrollaron un conjunto de prácticas, destinadas a hacer más conscientes a las personas, a vivir el momento presente, a aceptar la impermanencia. En esas prácticas se basa el actual mindfulness, pero sin olvidar nunca que todas esas prácticas están al servicio de un propósito de vida acorde con el Dharma. No es solo meditar y conocer la mente, también es vivir en armonía con las leyes que gobiernan la Vida y la Naturaleza.

En el S.XXI y en el mundo occidental, un mundo en crisis, mindfulness nos propone un viaje de conocimiento de nuestra mente, de gestión del estrés, de atención plena, de concentración en los contenidos del ahora…Pero también debería implicar un acercamiento a las leyes de la Naturaleza, las que gobiernan la Vida y que pretendemos obviar en aras de satisfacciones inmediatas, demandas de nuestro ego o miedos que nos inculcan o auto- inculcamos al cambio. Como la vía del tren tiene dos raíles para ser vía, ambos imprescindibles, el mindfulness requiere de unas prácticas sanadoras y de un compromiso de vida en el que compasión, amor y solidaridad se impongan a interés, beneficio o rendimiento. Si suprimimos esta última parte, no tenemos mindfulness. La atención plena de un francotirador, que se concentra para matar, por mucha atención plena que implique, NO ES MINDFULNESS.

Nos toca encarar una etapa de profundos cambios en el mundo que habitamos. La escuela tiene que formar personas capaces de generar valores, ideas y soluciones para encarar las transformaciones que ya están en marcha. El mindfulness puede aportar a ese proceso el valor de la aceptación, la comprensión de la impermanencia, el reconocimiento y gestión de las emociones con las que a veces nos manipulan (o nos dejamos llevar por ellas), el valor de la sencillez y la vivencia del momento presente.

Este mindfulness pasa por un programa riguroso, en el que el silencio, la quietud y la observación tendrán que ser ampliamente trabajadas. No existe la magia. A veces, siempre más bien, para parase y mirar con calma lo que nos rodea, hay que tener paciencia y compromiso con la práctica. Nadie se ilumina siguiendo tales o cuales estrategias.

Ese trabajo riguroso al que nos referimos, en el contexto escolar, exige los siguientes requisitos:

1. Profesorado comprometido con la práctica. No importa cuántas personas, importa sobre todo la profundidad del compromiso.

2. Profesorado, una vez comprometido, formado. Que sepan cómo trabajar los contenidos del mindfulness en cada tramo de edad, que sepan crear ligazones entre los espacios de enseñanza y práctica y el aula cotidiana. El mindfulness no son solo técnicas, es sobre todo un estilo de vida. Si nos limitamos a unas horas de curso, a unos espacios de meditación “sagrados”, sin que todo eso se aplique a la vida, no avanzaremos mucho.

3. Espacios horarios. Dichos espacios, van a diferir en primaria o en secundaria. En el primer caso, con el peso horario del tutor de grupo, las posibilidades son muy grandes, bastará con que haya formación y voluntad para encontrar el momento. En secundaria la cosa cambia y hay que buscar espacios que se adapten. Pueden ser:

· La tutoría. Hora ideal en la que sin embargo nos encontramos con un público cautivo ¿Es razonable obligar a todo el alumnado a participar en estas prácticas? ¿Es posible trabajar con alumnado voluntario? Las respuestas a estas cuestiones no son globales, dependerán de cada centro, de cada horario y de cada grupo de alumnos. En mi caso, he trabajado con alumnado voluntario en horas de tutoría, pero de grupos de los que no era tutor y en los que coincidía que estaba libre en esa hora. He trabajado con grupos de los que era tutor, tanto en sesiones obligatorias como voluntarias. Y me quedo con sesiones obligatorias, aunque para llegar a hacer qué funciones me ha hecho falta ganar seguridad y experiencia.

· Asignatura optativa. En el actual marco legislativo, la LOMCE, existe la posibilidad de crear asignaturas optativas, a impartir en los dos primeros cursos de la ESO. Por el tramo de edad del alumnado al que va dirigida, por su carácter optativo y por su duración de todo un curso, es una buena opción, si contamos con el profesorado adecuado. En todo caso, la LOMCE está en revisión y una nueva reforma podría hacer desaparecer esta opción.

· Actividad extraescolar. Esta opción puede ser contemplada como única opción o como complementaria de las otras dos.

4. Integración en la vida escolar. Si contamos con una “masa crítica” de practicantes de mindfulness en un centro, podríamos llegar a una integración en las clases ordinarias (la asignatura de Educación Física presenta condiciones excepcionales), con prácticas de meditación breve al empezar o terminar una clase, con estilos de diálogo consciente y escucha profunda aplicados al aprendizaje de cualquier contenido. También en la resolución de conflictos, trabajando la compasión y la empatía, profundizando en la comunicación consciente. En la irrupción de estilos de enseñanza y aprendizaje que incorporen aspectos emocionales. Las posibilidades son infinitas, pero antes tiene que haber una masa crítica de practicantes. Esa masa crítica será más influyente en la comunidad por su profundidad y su compromiso que por su número. De ahí la importancia del primer punto: “profesorado comprometido con la práctica”.

¿En dónde nos sitúamos ahora?

Durante los últimos cursos ha habido una demanda importante de formación en mindfulness por parte del profesorado, a la que se ha respondido con no poco compromiso desde los Centros de Formación del profesorado y otras instituciones. Esta demanda viene desde dos direcciones que no son compatibles entre sí.

La primera, la de profesorado en busca de recetas que hagan más llevaderas sus clases. Algo así como una medicina que calme a su alumnado, facilitando su trabajo. Este modo de pensar, que me he encontrado varias veces en talleres que he impartido contratado por el CFR, es contradictorio con la esencia del mindfulness. No va a funcionar nunca y puede aparejar desprestigio para la práctica, al no cumplir con las expectativas previstas.

La segunda, viene de sectores del profesorado que buscan cambios en profundidad y a través del mindfulness encuentran un camino que les hace más conscientes, más presentes en sus clases y en sus vidas. Demandan cursos para sí mismos, tipo MBSR (el curso más prestigioso de mindfulness, elaborado por Jon Kabat-Zin) y una vez abiertos a procesos de cambio, demandan una formación específica que les permita transmitir contenidos a su entorno, especialmente a su alumnado. Aquí es donde se deberían invertir los recursos, en ese tipo de formación. Talleres que incluyan curso tipo MBSR (Una clase a la semana de dos horas y media, un retiro de siete horas y trabajo a realizar en casa) y una secuela de formación específica para trabajar en los centros educativos. Este sería el reto para los Centros de formación. Y un reto no menos: buscar personas rigurosas y formadas para impartir este tipo de cursos. El éxito del mindfulness y la actual demanda, están provocando la aparición de una oferta muy variopinta, que incluye el McMindfulness, que se centra exclusivamente en la relajación para mejorar el rendimiento, mindfulness mágico, el que ofrece recetas para que todo cambie sin que movamos un dedo y el mindfulness religioso, que se basa en actos de fe (colocar las manos de una u otra manera, sentarse con estilo etc.) más que en la práctica rigurosa y el conocimiento profundo de los procesos con los que trabajamos.

Conclusión

Un mindfulness que incluya la compasión, el amor, la empatía además del conocimiento y gestión de nuestra mente, dando protagonismo en nuestras vidas a la conciencia, sin duda tiene cabida en la escuela. Y una escuela que aspire a formar personas para el mundo real, inmerso en un proceso de transformaciones (climáticas, energéticas y por tanto globales) muy profundas y tal vez dolorosas, tiene en el mindfulness una herramienta de humanización muy poderosa. Ahora, queda el reto de integrarla con profundidad y rigor

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